Se calcula que en nuestro país tenemos ochocientos mil millones de euros colocados en productos financieros de nula o muy baja rentabilidad. Las cuentas de ahorro y los depósitos a plazo siguen siendo las alternativas elegidas como depósito de ahorro, aunque afortunadamente parece que el ahorrador español empieza a valorar más alternativas que el binomio depósito-piso. Más vale tarde que nunca.
Y es que en el contexto actual podemos definir el saldo que tenemos en la cuenta de ahorro o en el depósito no como ahorro, sino como ahorro teórico, en tanto en cuanto si bien el valor nominal de mi inversión pudiera mantenerse, su valor real declina. El panorama actual muestra claros elementos que refuerzan esta divergencia. El mundo crece, aunque a tasas inferiores a las que lo venía haciendo. Además, este crecimiento no es homogéneo, habiéndose desplazado claramente hacia zonas emergentes frente a países más desarrollados, algunos de los cuales, como Alemania e Italia, ya han entrado en recesión.
Además, el entorno es claramente deflacionario. La eficiencia en los procesos, las permanentes mejoras tecnológicas, la incorporación de productores cada vez más eficientes, y la globalización efectiva de los intercambios, fortalecen esta tendencia. De hecho, podríamos decir que la economía global es estructuralmente deflacionaria.
Lo anterior convive con el desarrollo de políticas monetarias muy expansivas por parte de los principales bancos centrales y con un volumen de deuda soberana que bate récords históricos cada día que pasa, al tiempo que las principales economías están en una situación de déficits estructurales. En la práctica significa que las autoridades monetarias se han quedado sin munición para intentar paliar los efectos de una recesión. El permanente recurso de ejecutar medidas no convencionales como la monetización de los déficits (un estado emite un bono que es comprado por su banco central) conduce a distorsiones evidentes, como la emisión de deuda soberana con tipos negativos. Realmente, nadie sabe cómo acabará esta situación.
Ahora bien. El ahorrador debe ser claramente consciente del importante salto que está dando, en esa necesaria migración de un perfil de ahorrador a un perfil de inversor. Este salto pasa obligatoriamente por un incremento de su formación e información financiera en materia de inversión.
Ya no basta con el objetivo básico de un ahorrador, que no es otro que el de mantener el valor nominal de su saldo. El objetivo del inversor es un poco más exigente, más en el entorno actual. Como inversores, nuestro objetivo es doble: primero, mantener el poder adquisitivo de nuestro ahorro; segundo, lograr la adecuada seguridad y protección de ese ahorro. En otros tiempos pasados este objetivo era fácilmente alcanzable, cuando un depósito a plazo llegaba a pagar hasta un 4%, circunstancia absolutamente anómala y distorsionada por las políticas monetarias antes mencionadas. El logro de este objetivo exige sin embargo ampliar el universo de activos a invertir, una mayor formación financiera, un seguimiento más exigente de sus inversiones, y una visión a largo plazo.
Le animo a dar ese salto de ahorrar a invertir.
Francisco J. Concepción · EAFI
Asesoramiento Financiero y Servicios de Inversión
nº 65 registro CNMV· www.franciscoconcepcion.com
