El objeto de esta Nota no es describir la inabarcable tarea de relacionar las implicaciones económicas y el impacto que sobre los mercados financieros genera un conflicto de esta naturaleza. La volatilidad y ‘amenazas’ de distintas clases (inflación, políticas monetarias o fiscales, …) son consustanciales a los mercados financieros. Los conflictos bélicos, además de representar un fracaso de la Humanidad, generan su propio ecosistema. Un ecosistema dinámico, en permanente cambio, y que genera bruscos movimientos en los mercados financieros como reacción a los sucesivos acontecimientos.

Por ello, el objeto de esta Nota es compartir algunas reflexiones que en materia de Asesoramiento Financiero son necesarias contemplar en las actuales circunstancias.

Sabemos que liquidar todas las posiciones ante momentos extremos de volatilidad y miedo es una de las peores decisiones. Los mercados tienen a normalizarse, incluso en períodos de tiempo breves, por lo que realizar eventuales pérdidas nos lleva a una pérdida permanente de capital y a una potencial reinversión a valoraciones superiores. Marzo de 2020 sería el ejemplo más reciente de lo comentado.

Se trata de evitar la toma de decisiones guiada por el miedo y no por un análisis objetivo, desapasionado y que trate de valorar los fundamentales subyacentes. Estos movimientos de los mercados de hecho generan enormes distorsiones entre los precios y el valor intrínseco de muchos activos financieros, por lo que lejos de ser momentos de deshacer posiciones se convierten en momentos de construcción de carteras con activos de calidad adquiridos a precios atractivos.

Tratar de adivinar el ‘timing’ o qué sectores o activos van a verse ‘beneficiados’ de esta situación constituye ni más ni menos que una apuesta. Las predicciones no casan bien ni con la complejidad de un conflicto bélico ni con los objetivos patrimoniales del inversor. Prevalece el enfoque estratégico de la cartera, con ajustes tácticos que adaptan las carteras a las circunstancias. Pero, en ningún caso, tomamos las decisiones con una bola de cristal.

Ambos factores combinados -cierre total de posiciones y/o tratar de adivinar el comportamiento del mercado o sectores concretos- pueden llevar a perdernos momentos bruscos de recuperación que afectarán decisivamente al rendimiento total de la cartera a largo plazo. Existen múltiplos estudios que corroboran esta tesis, y que unánimemente concluyen que la mejor decisión es permanecer invertidos.

Esta posición exige tener una cartera adecuadamente diversificada por clases de activos, estilos de inversión, sectores, zonas geográficas, … diversificación que responde al diseño estratégico de la cartera. Esta posición estratégica es consistente con la toma de decisiones tácticas que ajusten porcentajes de exposición a determinados activos, que conlleven cierta rotación sectorial, o que conduzcan a la sobreponderación de algún estilo de inversión concreto. En ningún caso deben cambiar drásticamente la composición de la cartera.

Esta responde a los objetivos patrimoniales del inversor. Y sabemos que la adecuada diversificación y la orientación a largo plazo son remuneradas por los mercados, aun asumiendo los riesgos súbitos y a corto plazo que se pueden producir.

Acabo  este breve documento reproduciendo una cita de Peter Lynch que también empleé con ocasión de otra Nota publicada en abril de 2020 a raíz de la irrupción de la COVID-19:

“Far more money has been lost by investors preparing for corrections, or trying to anticipate corrections, than has been lost in corrections themselves.”

“Se ha perdido más dinero preparándose para las correcciones o tratando de anticipar las correcciones que el dinero perdido en las correcciones mismas”.